Desde niño, José Ignacio formó parte de mi historia. Íbamos en grupo grande y nos quedábamos en una casa cerca de la de Mirtha Legrand. Lo recuerdo bien: la nuestra era, sin dudas, la más fea de la zona, sobre todo comparada con todo lo que nos rodeaba. A metros estaba lo que hoy es el hotel Vik. Aun así, ese lugar tenía algo especial. El paisaje, el viento, el mar abierto. Todo imponía respeto… aunque yo todavía no lo sabía.
Con los años, a esa familiaridad con el lugar se le sumó otra constante en mi vida: el deporte. Siempre me fue bien en lo físico. Fútbol, tenis, lo que agarrara. No era un fenómeno, pero tenía coordinación, resistencia y una confianza que se fue construyendo sola, casi sin darme cuenta.
Esa seguridad no venía solo de Uruguay. Años atrás, en una isla turística de Brasil, alquilé una moto de agua sin haber manejado nunca una. El dueño me advirtió claramente que en la zona había tiburones. No era una broma: en Brasil hay. Aun así, me subí.
Para mi sorpresa, la manejé sin problemas. Empecé a saltar olas, a hacer piruetas, incluso a hundirla y volver a sacarla. Me sentía imparable. Me fui más lejos de lo que debía y, en un momento, una ola me obligó a aferrarme con fuerza para no caerme. No pasó nada, pero hoy, pensándolo como adulto, solo puedo decir:
“Si me caía ahí, qué desastre.”
Esa experiencia terminó de sellar una idea peligrosa: que los desafíos físicos, de alguna manera, siempre se me acomodaban.
Ya en Uruguay, quise probar algo distinto, pero con la misma lógica. Estando en Punta del Este, alquilé una tabla de surf. La cargué en la camioneta y salimos rumbo a José Ignacio. Iba con mi novia, todo en plan tranquilo, como quien va a disfrutar del mar y probar algo nuevo.
Elegí la tabla más grande. No porque supiera, sino por esa idea ingenua de que lo grande era más “profesional”, más serio, como si el tamaño fuera garantía de control. No era estabilidad lo que buscaba, era validación interna: sentir que estaba usando “la tabla correcta”.
Entré al agua cerca del faro de José Ignacio. Antes de que empezara el verdadero problema, pasé por una escuela de surf que estaba bien pegada a la orilla. Me llamó la atención y pensé, casi sin darle importancia:
“¿Cuál es la gracia de quedarse ahí?”
Minutos después, el mar me estaba dando la respuesta.
Ahí empezó la pelea. Las corrientes, el esfuerzo constante y el desgaste hicieron lo suyo. De golpe, la tabla ya no era una aliada sino apenas un punto de apoyo. Y entonces apareció algo que no me era familiar: miedo. Miedo de verdad. No adrenalina ni tensión deportiva. Miedo.
Por momentos pensaba, sin ironía, que en cualquier instante iba a aparecer un helicóptero o un gomón a buscarme. Lo deseaba. Miraba alrededor esperando alguna señal externa que no llegaba.
Intenté nadar, pero enseguida entendí que así me iba a cansar rápido. No avanzaba nada. La corriente me llevaba mar adentro con una constancia humillante. Yo seguía unido a la tabla por la cuerda; nunca se me ocurrió soltarla. Era lo único que tenía. Mientras tanto, la cabeza no paraba: pensar opciones, medir fuerzas, preguntarme cuánto más podía aguantar.
En ese estado, empecé a hacer oraciones. No era joda. Eran simples, casi automáticas, nacidas del miedo más básico. Yo, que no suelo tenerle miedo a nada, ahí sentí que estaba perdiendo por todos lados.
El calambre apareció en la pantorrilla. Creo que fue más nervioso que físico, porque después se fue. Por suerte, en esa época estaba bien entrenado muscularmente, y eso ayudó. Cuando pasó, algo en mí se acomodó. No gané fuerzas nuevas, pero sí claridad. Entendí que tenía que dejar de luchar contra el mar y empezar a negociar con él.
Empecé a nadar “como perro”, sin estilo, sin orgullo, pensando únicamente en no agotarme. Miraba la orilla y se veía diminuta, casi irreal. La gente era apenas un puñado de puntos. Pero distinguía algo claro: a mi novia haciéndome señas. Eso me anclaba a la realidad. Sabía que me estaban mirando. Sabía que el tiempo pasaba.
No sé si fue una hora exacta, pero se sintió eterna. Cada metro ganado parecía insignificante. No hubo épica en el regreso, solo constancia y una lección que se iba grabando sola.
Cuando finalmente toqué la arena y salí del agua, caminé con una dignidad que no tenía nada de heroica. Mi novia estaba asustada, aunque me conocía y sabía cómo soy. Pero había notado algo raro: lo lejos que había estado, lo mucho que había tardado.
Salí entero, sí. Pero distinto.
Fue una derrota deportiva como nunca antes. Porque no fue contra otro, fue contra la naturaleza. Y esas derrotas, cuando no te rompen, te ordenan. Hoy agradezco recordarla, porque hay cosas que con los años no cambiaron tanto… y está bien tener presente que no todo se domina con confianza.
Algunas fuerzas no se enfrentan.
Se respetan.




